Entrevista al Prof.
Jacobsen, catedrático de la Universidad de Helsinki, a propósito de su reciente
conferencia en Berlín, publicada por el diario alemán Der Spiegel
Traducción de Jürgen
Olafson, especial para La Nación.
Amanecer
de sangre
Aprovechando su paso
por Berlín, Der Spiegel entrevistó al prestigioso historiador Mogüens Jacobsen,
quien se hiciese famoso por su best
seller “Cronicas de Ragnarok”. El académico se apresta a publicar una nueva
historia de la antigua nación vikinga como consecuencia de recientes
investigaciones y aportes documentales hallados en las excavaciones de Fiordo
de las Tormentas. En efecto, según trascendidos se habría encontrado un antiguo
manuscrito atribuido a un caudillo nórdico, quien fuera testigo de la tragedia
ocurrida en la Sexta Época (también conocida como la Era del Sexto Thing o Era Pepensis). El documento, que lleva por
título Sanguinem aurorum (“Amanecer
de sangre”, en latín) aportaría datos sustantivos sobre la guerra de los
vikingos y sus eternos rivales “los del estandarte del león”.
Reproducimos a
continuación los fragmentos más importantes de la entrevista que se publicará
completa en la edición de cultura del próximo mes de octubre.
—
Prof. Jacobsen, ¿qué sucedió realmente
en la Era Pepensis?
—
En verdad un gran desastre. Usted sabe
que luego del retiro del Quinto Thing la nación Ragnarok se consolidó como
potencia hegemónica en todo el norte. En gran parte gracias a la férrea actitud
del rústico líder llamado Josep Pepenson que condujo a sus ejércitos con mano de
hierro. A él se debe la famosa frase sueca “att
sparka i röven”.
—
¿Y qué significa eso?
—
No tiene una traducción literal, pero
podría traducirse como que los tenía cagando a todos. La realidad es que todo
funcionaba muy bien.
—
Pero, ¿Qué había sucedido con los
antiguos jefes?
—
Bueno, usted sabe que los vikingos eran
buenos guerreros pero bastante vagos. En cuanto apareció este nuevo líder todos
encontraron una excusa y –como decimos los finlandeses– se tomaron el palo. Algunos
se fueron en un drakar hacia el norte, entre ellos la princesa Pupa y el
temible duque Arko; este último adujo que la artrosis lo tenía a mal traer y
que prefería el clima más seco de Islandia. En tanto que los grandes barones
Gonzalo, David, Fortín y Fredegard se establecieron en una colonia con nombre
pretencioso a la que llamaban Valhalla (el prof Jacobsen se ríe).
—
¿Y por qué fueron allí?
—
¿Por qué cree usted que lo harían?
¡Mujeres! Valhalla estaba lleno de mujeres guerreras y estos veteranos corrían
detrás de las chiquillas mientras se inventaban campañas contra los lugareños
que todavía peleaban con armas rudimentarias. Todos tenían su coartada. El
duque Gonzalo mandaba a decir que estaba criando mastines. El general David
aparecía de vez en cuando por el pueblo y la multitud lo aclamaba en la
taberna… Ni hablar de un tal Zeta Equixson cuya fama de bebedor llegaba hasta
la Europa Meridional… en fin, todo era muy decadente.
—
Prof. Jacobsen, ¿Qué sucedió realmente
en la Sexta Era? ¿Qué nos dice este nuevo documento?
—
¡Ah! Eso fue terrible. El caudillo Jaime
de Austrasia lo narra con verdadero dramatismo. Como le decía, Josep Pepenson
era un vikingo muy vehemente, pero no era el único. Lo acompañaba un Gran
Consejo, entre ellos la famosa Valky la Roja (esa te descuartizaba de un solo
golpe sin despeinarse), el ilustre Menorah (muy conocido porque había inventado
el Menorómetro, instrumento muy superior al ábaco, considerado un precedente
medieval de las planillas de cálculo) y otros como el propio caudillo Jaime al
que le debemos el manuscrito.
—
Prof. Jacobsen ¿se sabe por qué empezó
la guerra?
—
Usted me pregunta una tontería. La
guerra era el estado natural. Lo curioso es que hayan tenido una tregua tan
larga con los del estandarte del león.
—
¿Pero no eran amigos?
—
¿Amigos? Amigos las pelotas. Mire, le
voy a leer un fragmento del manuscrito de Jaime, en exclusiva para Der Spiegel,
y usted saque sus propias conclusiones.
En aquel tiempo la
disciplina había decaído. Josep Pepenson organizaba permanentes expediciones a
las tribus esquimales, al norte del fiordo, para mantener a los guerreros lejos
de las mujeres decentes y de las tabernas. Nos encontrábamos cerca del bosque
de Yssdrisgall cuando supimos que nos habían invadido. Eran miles de guerreros
de las tribus del sur, lideradas por su villano líder negro como la noche sin
luna.
Arrasaron nuestros
campos; se llevaron esclavas. Estaquearon a muchos de los nuestros y penetraron
dentro de nuestras fronteras sin que pudiésemos pararlos. Hubo actos heroicos
espeluznantes. Finalmente nos vimos desbordados. Josep Pepenson llamó a las
armas hasta a los más pequeños. Finalmente se decidió que había que llamar a
los viejos; la mayoría estaban decrépitos pero algo aportarían. Fue el propio
Pepenson el que hizo sonar el Gran Cuerno de Billyt (así llamado en honor a un
antiguo guerrero) que fue escuchado pese a su avanzada sordera por el duque
Fredegard.
—
Como habrá visto -continúa el prof.
Jacobsen- los vikingos fueron tomados por sorpresa. A partir de allí los
acontecimientos se precipitaron. El duque Fredegard tenía un extraño sistema de
comunicación del que aun no sabemos nada. Lo llamaban wasabi en noruego antiguo. Tal vez se trate de algún ave como las
palomas mensajeras. Lo cierto es que el mensaje llegó hasta los confines del
Mar del Norte y los viejos guerreros no tardaron en regresar. Permítame que
continúe con la lectura del documento de Jaime:
Uno a uno, fueron
regresando. No solo los antiguos jefes del Thing sino muchos otros guerreros
que oyeron el Gran Cuerno de Billyt. Era como si todos los muertos hubiesen
resucitado. Pepenson convocó a los exiliados; liberó a los presos de las
mazmorras y mandó a la guerra hasta los tuertos. Aún así, los leones seguían
haciendo estragos en nuestras aldeas y temíamos ser arrojados a las aguas
heladas. Hasta que la esperanza volvió en aquel amanecer sangriento.
—
Hasta aquí lo que puedo adelantarle. Ya
leerán el documento completo.
—
¿Pero, profesor, ¿qué fue lo que
sucedió?
(Nota
del editor: El profesor Jacobsen suspira antes de hablar y se lo ve emocionado
ante la pregunta. Luego de unos momentos recobra el estado de ánimo).
—
Mire, joven, usted sabe cuántos años
llevo investigando a este extraño pueblo nórdico, sin embargo no termino de
sorprenderme. Gente tan salvaje, tan rudimentaria y distinta una de la otra,
tenían una disciplina a toda prueba. Rápidamente los jefes convocaron un
consejo de guerra y decidieron que atacarían en masa al amanecer del mes de Haustmánör, que corresponde a fines de
septiembre de nuestro calendario. Al parecer se dividieron en varios ejércitos.
Luego de soportar estoicamente una noche de pillaje por parte del pérfido
enemigo, cuando este yacía borracho y dormido en medio de la sangre y los
cadáveres, los vikingos se lanzaron en avalancha sobre los tan odiados
guerreros del sur. Algunos intentaron oponer resistencia, pero el rencor era
tan grande, la sed de venganza tan tremenda, que fue una carnicería. Las
columnas de humo se levantaban en toda la frontera. El hedor de los cuerpos
quemándose, mezclado con la humedad del bosque y el hollín de la madera volvían
al aire irrespirable. A lo largo de todo el extenso frente fueron cayendo los bastiones enemigos hasta
que finalmente el avance se detuvo. Era peligroso continuar.
—
¿Cómo concluyó la guerra?
—
No voy a adelantarle más. Pero permítame
agregar una nota de color. Ya había salido el sol y la orden de detener el
avance había sido dada; sin embargo –como generalmente ocurría– algunos querían
seguir masacrando a los hombres del sur. Escuche como lo narra Jaime de Austrasia:
El duque Gonzalo seguido de su
noble bestia Benji había subido a un promontorio de roca para observar el
territorio reconquistado, cuando percibió que, a lo lejos, el conde Max seguía
acuchillando a los infelices enemigos. Era tal el frenesí de este berkerser que
no se había dado cuenta que estaba solo. Hubo que ir a traerlo. Grande fue el
esfuerzo para convencerlo de que soltara el cuerpo ya inerte del comandante
enemigo. Lo vimos llegar al campamento con los ojos desorbitados gritando
¡sigamos! ¡sigamos! ¡matemos a todos los hijos de puta! Los barones
Krul y Klemente lo consolaron prometiéndole que lo dejarían asar a Pulgoso el
Africano, cuando concluyera la batalla. Fue entonces que pude ver aquella
imagen estremecedora. Amanecía y el sol comenzaba a iluminar nuestros rostros…
todo era sangre, un amanecer sangriento, un amanecer rojo, el primero de muchos
que vendrían después.