sábado, 30 de septiembre de 2017

Amanecer de sangre

Entrevista al Prof. Jacobsen, catedrático de la Universidad de Helsinki, a propósito de su reciente conferencia en Berlín, publicada por el diario alemán Der Spiegel
Traducción de Jürgen Olafson, especial para La Nación.

Amanecer de sangre

Aprovechando su paso por Berlín, Der Spiegel entrevistó al prestigioso historiador Mogüens Jacobsen, quien se hiciese famoso por su best seller “Cronicas de Ragnarok”. El académico se apresta a publicar una nueva historia de la antigua nación vikinga como consecuencia de recientes investigaciones y aportes documentales hallados en las excavaciones de Fiordo de las Tormentas. En efecto, según trascendidos se habría encontrado un antiguo manuscrito atribuido a un caudillo nórdico, quien fuera testigo de la tragedia ocurrida en la Sexta Época (también conocida como la Era del Sexto Thing o Era Pepensis). El documento, que lleva por título Sanguinem aurorum (“Amanecer de sangre”, en latín) aportaría datos sustantivos sobre la guerra de los vikingos y sus eternos rivales “los del estandarte del león”.

Reproducimos a continuación los fragmentos más importantes de la entrevista que se publicará completa en la edición de cultura del próximo mes de octubre.

   Prof. Jacobsen, ¿qué sucedió realmente en la Era Pepensis?

   En verdad un gran desastre. Usted sabe que luego del retiro del Quinto Thing la nación Ragnarok se consolidó como potencia hegemónica en todo el norte. En gran parte gracias a la férrea actitud del rústico líder llamado Josep Pepenson que condujo a sus ejércitos con mano de hierro. A él se debe la famosa frase sueca “att sparka i röven”.

   ¿Y qué significa eso?

   No tiene una traducción literal, pero podría traducirse como que los tenía cagando a todos. La realidad es que todo funcionaba muy bien.

   Pero, ¿Qué había sucedido con los antiguos jefes?

   Bueno, usted sabe que los vikingos eran buenos guerreros pero bastante vagos. En cuanto apareció este nuevo líder todos encontraron una excusa y –como decimos los finlandeses– se tomaron el palo. Algunos se fueron en un drakar hacia el norte, entre ellos la princesa Pupa y el temible duque Arko; este último adujo que la artrosis lo tenía a mal traer y que prefería el clima más seco de Islandia. En tanto que los grandes barones Gonzalo, David, Fortín y Fredegard se establecieron en una colonia con nombre pretencioso a la que llamaban Valhalla (el prof Jacobsen se ríe).

   ¿Y por qué fueron allí?

   ¿Por qué cree usted que lo harían? ¡Mujeres! Valhalla estaba lleno de mujeres guerreras y estos veteranos corrían detrás de las chiquillas mientras se inventaban campañas contra los lugareños que todavía peleaban con armas rudimentarias. Todos tenían su coartada. El duque Gonzalo mandaba a decir que estaba criando mastines. El general David aparecía de vez en cuando por el pueblo y la multitud lo aclamaba en la taberna… Ni hablar de un tal Zeta Equixson cuya fama de bebedor llegaba hasta la Europa Meridional… en fin, todo era muy decadente.

   Prof. Jacobsen, ¿Qué sucedió realmente en la Sexta Era? ¿Qué nos dice este nuevo documento?

   ¡Ah! Eso fue terrible. El caudillo Jaime de Austrasia lo narra con verdadero dramatismo. Como le decía, Josep Pepenson era un vikingo muy vehemente, pero no era el único. Lo acompañaba un Gran Consejo, entre ellos la famosa Valky la Roja (esa te descuartizaba de un solo golpe sin despeinarse), el ilustre Menorah (muy conocido porque había inventado el Menorómetro, instrumento muy superior al ábaco, considerado un precedente medieval de las planillas de cálculo) y otros como el propio caudillo Jaime al que le debemos el manuscrito.

   Prof. Jacobsen ¿se sabe por qué empezó la guerra?

   Usted me pregunta una tontería. La guerra era el estado natural. Lo curioso es que hayan tenido una tregua tan larga con los del estandarte del león.

   ¿Pero no eran amigos?

   ¿Amigos? Amigos las pelotas. Mire, le voy a leer un fragmento del manuscrito de Jaime, en exclusiva para Der Spiegel, y usted saque sus propias conclusiones.

En aquel tiempo la disciplina había decaído. Josep Pepenson organizaba permanentes expediciones a las tribus esquimales, al norte del fiordo, para mantener a los guerreros lejos de las mujeres decentes y de las tabernas. Nos encontrábamos cerca del bosque de Yssdrisgall cuando supimos que nos habían invadido. Eran miles de guerreros de las tribus del sur, lideradas por su villano líder negro como la noche sin luna.
Arrasaron nuestros campos; se llevaron esclavas. Estaquearon a muchos de los nuestros y penetraron dentro de nuestras fronteras sin que pudiésemos pararlos. Hubo actos heroicos espeluznantes. Finalmente nos vimos desbordados. Josep Pepenson llamó a las armas hasta a los más pequeños. Finalmente se decidió que había que llamar a los viejos; la mayoría estaban decrépitos pero algo aportarían. Fue el propio Pepenson el que hizo sonar el Gran Cuerno de Billyt (así llamado en honor a un antiguo guerrero) que fue escuchado pese a su avanzada sordera por el duque Fredegard.

   Como habrá visto -continúa el prof. Jacobsen- los vikingos fueron tomados por sorpresa. A partir de allí los acontecimientos se precipitaron. El duque Fredegard tenía un extraño sistema de comunicación del que aun no sabemos nada. Lo llamaban wasabi en noruego antiguo. Tal vez se trate de algún ave como las palomas mensajeras. Lo cierto es que el mensaje llegó hasta los confines del Mar del Norte y los viejos guerreros no tardaron en regresar. Permítame que continúe con la lectura del documento de Jaime:

Uno a uno, fueron regresando. No solo los antiguos jefes del Thing sino muchos otros guerreros que oyeron el Gran Cuerno de Billyt. Era como si todos los muertos hubiesen resucitado. Pepenson convocó a los exiliados; liberó a los presos de las mazmorras y mandó a la guerra hasta los tuertos. Aún así, los leones seguían haciendo estragos en nuestras aldeas y temíamos ser arrojados a las aguas heladas. Hasta que la esperanza volvió en aquel amanecer sangriento.

   Hasta aquí lo que puedo adelantarle. Ya leerán el documento completo.

   ¿Pero, profesor, ¿qué fue lo que sucedió?

(Nota del editor: El profesor Jacobsen suspira antes de hablar y se lo ve emocionado ante la pregunta. Luego de unos momentos recobra el estado de ánimo).

   Mire, joven, usted sabe cuántos años llevo investigando a este extraño pueblo nórdico, sin embargo no termino de sorprenderme. Gente tan salvaje, tan rudimentaria y distinta una de la otra, tenían una disciplina a toda prueba. Rápidamente los jefes convocaron un consejo de guerra y decidieron que atacarían en masa al amanecer del mes de Haustmánör, que corresponde a fines de septiembre de nuestro calendario. Al parecer se dividieron en varios ejércitos. Luego de soportar estoicamente una noche de pillaje por parte del pérfido enemigo, cuando este yacía borracho y dormido en medio de la sangre y los cadáveres, los vikingos se lanzaron en avalancha sobre los tan odiados guerreros del sur. Algunos intentaron oponer resistencia, pero el rencor era tan grande, la sed de venganza tan tremenda, que fue una carnicería. Las columnas de humo se levantaban en toda la frontera. El hedor de los cuerpos quemándose, mezclado con la humedad del bosque y el hollín de la madera volvían al aire irrespirable. A lo largo de todo el extenso frente  fueron cayendo los bastiones enemigos hasta que finalmente el avance se detuvo. Era peligroso continuar.

   ¿Cómo concluyó la guerra?

   No voy a adelantarle más. Pero permítame agregar una nota de color. Ya había salido el sol y la orden de detener el avance había sido dada; sin embargo –como generalmente ocurría– algunos querían seguir masacrando a los hombres del sur. Escuche como lo narra  Jaime de Austrasia:


El duque Gonzalo seguido de su noble bestia Benji había subido a un promontorio de roca para observar el territorio reconquistado, cuando percibió que, a lo lejos, el conde Max seguía acuchillando a los infelices enemigos. Era tal el frenesí de este berkerser que no se había dado cuenta que estaba solo. Hubo que ir a traerlo. Grande fue el esfuerzo para convencerlo de que soltara el cuerpo ya inerte del comandante enemigo. Lo vimos llegar al campamento con los ojos desorbitados gritando ¡sigamos! ¡sigamos! ¡matemos a todos los hijos de puta! Los barones Krul y Klemente lo consolaron prometiéndole que lo dejarían asar a Pulgoso el Africano, cuando concluyera la batalla. Fue entonces que pude ver aquella imagen estremecedora. Amanecía y el sol comenzaba a iluminar nuestros rostros… todo era sangre, un amanecer sangriento, un amanecer rojo, el primero de muchos que vendrían después.